Mi momento

Hay días complicados, de esos que empiezas tirando el café, llegando tarde al trabajo o metiendo el pie en un charco. Días que no tienes un segundo para respirar, que todo parecen malas noticias, que discutes o te disgustas. Que las cosas no salen como tendrían que salir…

Todos sabemos de qué hablo.

En esos días llego a casa a las 11 de la noche, después de “pelearme” con adolescentes en la edad del pavo y de intentar enseñar ciencia a los más escépticos, y solo pienso en meterme en la cama. Nada más.

Y cuando estoy entre las sábanas y por fin respiro hondo diciéndome a mí misma:  “mañana será un día mejor”, noto algo subiendo por mi pierna…

Son pequeñas patitas gatunas que inmediatamente me hacen sonreír y me relajo. Luego veo una oreja, un ojo y un bigote. Y entonces, tres kilitos de gata se acercan hasta mi cara para lamerme con la dedicación que una madre le tiene a su hijo.

Noto su lengua áspera y húmeda en mi moflete, en la ceja, en el ojo… Es tan exhaustiva que hasta mete su lengua en mi nariz y no puedo evitar solar una carcajada. Luego a miro a mi lado y veo a mi novio dormido. Ni se ha inmutado. Y pienso: “Este es el mejor momento del día…”

Maternidad II

Después de leer esos artículos sobre maternidad de los que hablaba en el anterior post y de escuchar una y otra vez comentarios negativos sobre un bebé, mi instinto maternal se esfumó.

Volvamos a hablar de mi gata… A Milka la operaron hace un par de semanas para castrarla, y creo que puedo decir sin temor a equivocarme que lo he pasado yo peor que ella. La he vigilado casi a cada instante, la he ayudado a comer y a beber, la he mimado cuando lo necesitaba y me he encargado de darle su medicina y de que tuviera cerca siempre su peluche preferido. ¡Hasta me he despertado noche tras noche de madrugada para comprobar que no se lamía la herida! En definitiva, he sido su madre. Durante los dos o tres primeros días después de la intervención estuve agotada, nerviosa y muy preocupada. ¡Y solo fueron tres días! No me puedo imaginar cómo sería vivir así por un ser humano pequeñito.

Tener un hijo requiere un esfuerzo sacrificio que ahora mismo no me apetece hacer. No quiero sufrir una revolución hormonal, ni tener que cuidarme 24/7, no quiero quedarme sin dormir… no quiero entregar mi vida por completo a otro ser. No me apetece. Me resultaría demasiado duro. No estoy preparada. No puedo dejar de ser mujer para empezar a ser madre. Si casi ni sé lo que soy ahora mismo, como para intentar averiguarlo teniendo un fetito creciendo en mi interior…

Así que sí, estamos de acuerdo. No es oro todo lo que reluce. La maternidad debe ser agotadora y abrumadora, y eso solo mirando el terreno más personal y obviando el tema económico… Y a la vez, seguramente aporte más felicidad de la que puedo ni siquiera imaginar.

Una de cal y otra de arena…

Es decir… LA VIDA.

Maternidad

Últimamente han salido a la luz artículos de varias mujeres diciendo que en la maternidad no es oro todo lo que reluce. Según ellas, nos han vendido el hecho de tener hijos como la máxima felicidad que puede alcanzar una mujer, que es algo revelador y que hace que te sientas plena, de manera que durante años se ha mirado raro a las mujeres que, por decisión propia, no vivían ese emocionante acontecimiento vital. 

Milka con un mes

Milka con un mes

Hablemos ahora de mi gata. Cuando hace ocho meses Milka llegó a nuestra vida, mi instinto maternal alcanzó niveles nuevos para mí. Le daba su leche, la acunaba para que se durmiera, pensaba en ella todo el tiempo e incluso recuerdo que las dos primeras noches que pasó en casa apenas conseguí dormir porque la oía maullar en mi subconsciente. Me estoy volviendo loca, pensaba. Pero lo cierto es que Milka me cambió la vida… 

Durante un tiempo deseé tener un bebé, lo hablaba con mi novio, con mi familia, hacía bromas sobre el tema… Sabía que económicamente era una locura dar ese paso tan importante pero me lo pedía el cuerpo. PEDÍA, en pasado, ya que el instinto maternal se fue tal y como vino… ¿Que por qué? Muy sencillo…

He oído hablar de bebés demasiado últimamente. Demasiadas quejas. Y ya no me refiero a esas mujeres que he mencionado antes que escriben artículos de opinión, sino a mujeres de verdad, que conozco y sé algo acerca de su vida real. Que si no puedo dormir, que si mi marido es un huevón, que si es muy duro, que si la niña tal, que si la niña cual… 

Vale, sí, lo entiendo. La maternidad lo cambia todo. Pero qué mala sensación deja en mí oír todo eso día tras día, ¡por dios! Si algún día soy madre, no me gustaría transmitir lo que esos comentarios me transmiten a mí, la verdad. ¿Es que tener un hijo es ahora más duro que antes? ¿o es que los adultos somos más flojos? Me decanto por la segunda opción…

…Continuará…

Enredos

Últimamente reflexiono mucho. Demasiado. Me aturullo yo sola mezclando reflexiones y conclusiones que no me creo del todo. Pienso una y otra vez en las mismas cosas, buscando respuestas y detalles que me aclaren mi futuro.

Vacaciones. Trabajo. Oposiciones.

Futuro. Familia. Vacaciones.

Mi otra familia. Trabajo. ¿Oposiciones?

Máster. Vacaciones. Empresaria.

No, eso no.

Viajar. Viajar. Mi otra familia.

Oposiciones. 

Y así paso los días. Uno tras otro. Dejándome llevar sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. 

Seguiré buscando… Poco a poco desenredaré la madeja.

Solo necesito más tiempo…

En otros ojos

Hace unos días encontré no sé dónde un texto cuyo título me llamó la atención: Ojalá pudieras verte con mis ojos.

Y al leerlo siguió llamándome mucho la atención.

Era yo.

Hablaba de mí.

Soy yo la que a menudo necesitaría verse desde fuera…

Si os apetece, podéis leerlo aquí

 

 

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