Replay

Febrero de 2015

Me repito. Cambio mi discurso pero siento que digo lo mismo una y otra vez. Y no es por gusto, sino por necesidad.

Creo sinceramente que las personas de mi entorno no me prestan atención cuando hablo. Demasiado a menudo me ocurre esto, hasta el punto de que el simple hecho de tener que repetir una frase me mosquea y mucho. Debo reconocer que demasiado. Pero es que es una manera muy estúpida de ningunear a la persona que te está hablando, ¿no?

Desde los asuntos más estúpidos como explicarle a mi madre 101 veces cómo cambiar el tamaño del texto en el ordenador, hasta cosas que me influyen directamente y que considero de importancia: “cariño, ¿podemos planear las vacaciones?”. Esto es agotador…

Más de 6 meses después a veces me sigo viendo inmersa en esa sensación de “no me estás escuchando” a pesar de repetir una y otra vez lo que quiero decir.

Tengo que reconocer que cuando escribí ese texto estaba pasando un momento un poco complicado, con bastante estrés; de ahí que mi paciencia estuviera en horas bajas. Ahora no creo que mi paciencia sea el problema, sino el cansancio. De repente llega un día en el que me canso de esforzarme y me planteo si tanto repetirme no estará teniendo el efecto contrario al que pretendo conseguir. Entonces hago cura de hablar y me mantengo callada, rumiando en mis adentros en silencio.

Y es curioso, a veces conseguimos más diciendo nada que pronunciando todas las palabras del mundo…

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